martes, 15 de enero de 2013

Capitulo I:


Era uno de esos odiosos Miércoles que las personas como yo tanto odiamos por el hecho de que a la mitad de la semana todo empeora.
Con dificultad y a causa de la insistencia de mi hermano mayor me paré con la peor cara de mi cómoda cama, mi amor secreto y procedí a encaminarme al baño mientras arrastraba pesadísimamente los pies por el frío piso de madera. Toqué la puerta una, dos veces y nadie me contestó así que giré la cerradura, abrí la puerta, entré al baño y tras mi paso volví a cerrar la puerta. Empecé a desvestirme hasta quedar como Dios me trajo al mundo, abrir la canilla de agua y comenzar a darme una fría ducha bajo la lluvia artificial que del grifo salía.
Al terminar sequé mi desnudo cuerpo, enrollé en él la toalla, fui a mi baticueva (O más bien habitación), quité la toalla de mi envidiable cuerpo latino y me cambié así:
— Ojalá que este sea un buen día –Suspiré y miré al techo– Dios, se que desde que mis padres no están y están allá arriba, contigo, no he tenido mucha suerte, así que, ¿Podrías decirle a mi ángel guardián que su lugar es aquí, conmigo? Creo que piensa que le he dado vacaciones, pero no es así y en realidad necesito a alguien que me cuide –Mis ojos me cristalizaron pero retuve las lágrimas– Alex es demasiado despistado para hacerlo por si solo –Aclaré ya con la voz entrecortada y salí de mi habitación hasta la cocina dónde mi hermano me esperaba para ir a la escuela– Vamos –Le dije y fingí mi mejor sonrisa–.
— ¿No quieres desayunar? –Me preguntó sin notar lo de mi sonrisa–.
— No, estoy bien.
Seguido de mi respuesta él se encaminó a la puerta mientras lo seguía. Me subí al auto esperando a que él arrancara rumbo a la escuela; una vez que empezó el camino, me puse los audífonos de mi ipod al tiempo en que empecé a mirar por la ventana del automóvil en movimiento.
Se preguntarán que pasa conmigo, pero no es nada tan grave. Vivo con mi hermano mayor de dieciocho a causa de la muerte de mis padres en un accidente automovilístico hacía ya dos meses. Ya que mi hermano es mayor de edad mi custodia le perteneció automáticamente a él.
¿Mi vida? Es horrible. Desde los trece soy amiga de cinco chicos fabulosos pero algunas veces pienso que no soy muy dichosa ya que con diecisiete años necesito amigas, no amigos. Esos cinco chicos son: Chris, Chaz, Ryan, Logan y Justin. Les explicó cómo empezó todo:
Era una tarde de otoño y las hojas caían justo cuando mis padres Anne y Robert comenzaron con una de sus acostumbradas peleas. Mi hermano no estaba así que no tenía con quien refugiarme y decidí irme al parque más lejano posible para poder llorar mis penas y maldecir mi vida por el hecho de tener que soportar esas jodidas peleas que ahora tanto extraño. Al llegar me senté bajo un árbol que unas estaciones atrás debía haber sido hermoso, pero en ese entonces tenía unas hojas cafés y anaranjadas cayendo de él; mi vista se nubló y las lágrimas comenzaron a rodar sin permiso alguno sobre mis rosadas mejillas. Miré al cielo en ese momento nublado y dije: “Oh Dios mío, ¿Por qué me ha tocado esta vida? Dime porque no tengo un ángel guardián junto a mí que me haga ver lo bello del mundo y seque mis lágrimas para darme paz”. Nada pasó; Yo seguí llorando sin más opción al fin hasta dentro de veinte y cinco minutos cuando el sendero mojado de mi cara decidió parar y yo dudosamente me permití contemplar el bellísimo paisaje de aquel majestuoso parque.
— Disculpa –Escuché a una tierna voz masculina decir detrás de mí– ¿Estás bien?
— Supongo que sí –Contesté aún dándole la espalda al dueño de esa dulce voz–
— ¿Segura? –Preguntó otra voz–
En ese momento decidí voltear, ya me había asustado. Con mis ojos marrones e hinchados divisé a cuatro chicos: Uno castaño con hermosos ojos marrones, el chico que me había hablado primero; luego a él que le había secundado, un rubio de ojos color azules. Tendí mi vista y divisé a otros dos, uno de ojos negros y pelo negro y otro de ojos verdes y pelo color ceniza.
— Eso creo —Miré al castaño–
— Eso espero –Sonrió– Soy Chaz, ellos son Ryan –Señaló al rubio de ojos azules– Chris –Señaló al pelo color ceniza– Y Logan –Señaló al de pelo negro–
— Un gusto –Sonreí– Yo soy Taylor –Los miré detenidamente a los cuatro– ¿Los conozco de algún otro lugar?
— Si vas a la escuela de la calle 13 entonces si te conocemos –Sonrió Logan–
— Pues sí, ya los conocía –Reí–
— Esperen –Articuló Ryan mirando a su alrededor– ¡Justin! –Gritó–
En ese momento divisé a un chico de cabello dorado y ojos miel acercarse. Instantáneamente pude sentir como la paz embargaba el lugar dónde yo me encontraba, fue como si de la noche a la mañana, todo cambiar, sentí como la carga se iba de mis hombros, los problemas se borraban de mi mente y una sonrisa involuntaria escapó de mi labios.
— Justin, ella es Taylor –Dijo Chris cuando finalmente estuvo al lado de los demás. Él sólo me miró y sonrió. Su mirada hizo que una corriente eléctrica recorriera mi anatomía, el chico era raro– Taylor, él es Justin –Concluyó–
— Un gusto –Logré articular–
— ¡Taylor! –Gritó Alex y me sacó de mis recuerdos– Llegamos hace cinco minutos y tú seguía mirando al infinito como si nada estuviera pasando –Me dijo algo molesto– ¡Sal del auto! –Le obedecí y luego lo fulminé con la mirada–
— Idiota –Le dije y me dirigí a mi casillero–
Saqué los libros que debía usar en el los primeros períodos de clase hasta que llegara el glorioso receso. Tomé una pequeña libreta que me pertenecía, un lápiz y cerré mi casillero. Mientras caminada hasta el salón B-287 escribía en esa libreta los motivos para llorar y los motivos para sonreír.
Motivos para llorar:
-Mis padres ya no están conmigo.
-No cuento con la protección de nadie.
-Todos (A excepción de los chicos) dicen que soy una cualquiera.
-Alex nunca tiene tiempo para mí, es como sentir que le estorbo.
-Soy una molestia en la vida de las demás personas que me rodean.
Iba a seguir escribiendo cuando mi vista se nubló a causa de las lágrimas que mis ojos retenían y automáticamente sentí como unos brazos rodearon mi cintura, abrazándome por la espalda, haciéndome sentir una paz inigualable, sin duda alguna era Justin; desde el día en que lo conocí su presencia me irradiaba paz y amor.
— Buen día hermosa –Besó mi mejilla–
— Hola –Le saludé con la voz entrecortada. Él, al notarlo, me hizo voltear para quedar frente a frente con él y empezó a acariciar mi mejilla–
— ¿Otra vez llorando? –Me susurró tierno– ¿Qué sucede, Taylor? –Vio lo que tenía en mi mano y me arrebató la libreta. Yo bajé la mirada y solté mis lágrimas– ¿Taylor? –Me abrazó mientras yo escondía mi rostro en su pecho– ¿Por qué te sientes así? Tus padres quizás no estén físicamente contigo, pero ellos siempre te amarán. No eres una cualquiera, tú vales oro. No eres un estorbo para tu hermano, él te ama más que a su propia vida. No eres una molestia, eres una de las personas que alegra mi día –Ese canadiense me sacó instantáneamente una sonrisa pequeña, por algún motivo cada vez que hablaba de protección o paz él evadía el tema– ¿Qué tal si te acompaño a tu clase de Física, te dejo con Chaz, me voy a mi clase y luego me siento contigo en Biología? –Asentí levemente con la cabeza, me separé de él mientras sentía su pulgar limpiar mis lágrimas– Vamos preciosa –Me tomó de la mano y encaminamos al aula– Adiós, nos vemos luego de esta clase –Él besó mi mejilla, le hizo una señal a Chaz y se fue, dejándome en la puerta del salón–

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